
Al fin y al cabo somos el río Saja y sus 66 km de su curso principal en un valle que supera los 480
km2; y somos también el río Nansa, en undescenso de 1200 metros de altitud, formando una cuenca de 400 km2 y en un trayecto de 57 km de recorrido; y somos también un tramo de 20 km del Deva que nos ha dibujado uno de los paisajes más espectaculares de la región, el desfiladero de la Hermida; y somos el Gandarilla y el Escudo, que además de abastecer de agua corriente a muchos pueblos del litoral le sobra cauce para rodear a San Vicente de la Barquera en sus rías de Pombo y Rubín; y somos los anchos estuarios de las Tinas, y el tesoro ecológico de Oyambre; y somos 23 km de playas y costas, que también son agua; y somos los embalses de La Cohilla y La Palombera, y una industria hidroléctrica de importancia en el Nansa, y todo un rico patrimonio de molinos, balnearios y ferrerías. Somos pueblos de ribera y de litoral.
Nuestra cultura y muchas de nuestras tradiciones se han fraguado en fuentes y lavaderos, en las
orillas del mar, de arroyos y de ríos. Somos partícipes de canciones, leyendas y tonadas que hablan de acontecimientos pasados en escenarios de puentes y pozos, ríos embravecidos y pozas
calmadas.
Sabemos que es nuestra fundamental riqueza y que determina toda nuestra existencia, y por eso
nos sentimos agusto cuando se nos reconoce de esta forma, es un elemento que nos simboliza y por eso se encuentra en muchos de los escudos de nuestros municipios y en la imagen institucional de nuestro territorio. Recuperar un par de ideas sobre su buena gestión, y dedicarle un centenar de palabras a recordar su importancia era algo más que una oportunidad, casi una obligación.
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