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martes, 3 de abril de 2012

LOS BOSQUES DEL MUÉRDAGO


de Javier Moro

Antes de que los elementos químicos de de la ciencia moderna permitieran describir las diferentes manifestaciones de la materia ya existía una primitiva clasificación de los elementos según su estado: tierra, agua, viento y fuego. Los cuatro encontraban fácil representación en el bosque atlántico. El agua de los arroyos y el de la lluvia de las hojas, el que transporta la savia, el que muestran las fuentes. El viento que encuentra el bosque y se purifica atravesándolo, el que le da la vida y el que lo resquebraja con su fuerza salvaje. La tierra que lo sustenta y lo alimenta, con la roca infinita, con la arena, el humus y los cantos pulidos de las orillas. Y el fuego convertido en una enfermedad de su alma inflamable, formando parte de su propia naturaleza, amenazando la generosidad que el bosque le ofrece como carnaza. No es extraño que una cultura tan sensible al medio natural, como fueron los pueblos celtas, encontrasen y estructurasen en torno al bosque todo un culto a sus propios orígenes, un espacio para la experiencia y la sabiduría y la puerta eterna a la otra vida. Desde su experiencia, un paseo por el bosque atlántico es un repaso enciclopédico de todo lo que la cultura de los pueblos del norte fue capaz de interpretar, aprender y transformar como propio.

Hoy inicio un paseo en su encuentro usando un trayecto en el que nada parece marcar su presencia. Subo por un sendero que asciende con la misma pendiente que el arroyo Diablo, un afluente del Saja que dibuja una grieta estrecha y tortuosa arropada por hayas, cajigas y castaños centenarios. Un paseo que me imagino en el espacio y en el tiempo a mi manera, porque al fin y al cabo el sendero no es un instrumento, es una vivencia en sí misma que forma parte del que camina, como las suelas de sus zapatos, como su respiración.

No es necesario viajar hasta el Hallstatt ni a tiempos remotos; en el valle del que me aleja el camino, en Cabuérniga, hay centenares de creencias y tradiciones que enraízan directamente en la concepción humanizada de la naturaleza celta: la figura materna y el amor por la niebla que representa cualquiera de estas hayas centenarias, los símbolos vivos de la lucha sin cuartel del jabalí o la justicia del lobo, el sentido de la abundancia de los castañares, la aparición del mágico muérdago en lo árboles que quemó el rayo, la existencia de dragones como el Cúlebre o de cíclopes como el Ojáncano… En Navidades, algunos pueblos del valle suelen adornar los árboles de sus casas con cintas de colores en sus ramas, rememorando, sin saberlo, a aquellos druidas que tras elegir los árboles con especiales propiedades, solían atar tiras de la ropa sobre los que querían que actuase su magia. Podría ser el origen de los adornos navideños, al fin y al cabo solo son eso, buenos deseos.

Según subimos por la senda puedes ver en medio de esa alfombra de ráspanos un abedul de corteza intensamente blanca, aquel que representaba para los celtas el origen del hombre (con el que comparte un inquietante y curioso ciclo vital), y que algo después, terminaría presidiendo la puerta del paraíso cristiano en otro origen bien distinto. O esos viejos seres extraños y legendarios que son los tejos; que en todo el Cantábrico han sido un símbolo cristiano por su continua relación espacial con la puerta de las iglesias, cuando lo cierto es que fueron el lugar sagrado de reunión de los pueblos celtas, y los predicadores cristianos simplemente aprovecharon esa circunstancia para establecer justo allí sus iglesias.

Nadie como los celtas supieron vivir con semejante intensidad las distintas energías y enseñanzas escondidas en los bosques de latitudes frías; su cultura es un catálogo de un conocimiento profundo de todo un ecosistema convertido en universo, en camino espiritual y filosófico: hierbas y plantas, sus hojas y cortezas, animales reales e imaginarios, sus recodos y fuentes… el bosque como una gran memoria, un gran maestro, y como un dios supremo y poderoso también. Aunque, para ellos, el camino y la definición de cada persona radicaba en su libre elección, su búsqueda era la conexión del individuo con la tierra, el cielo y el mar, los tres reinos de la cosmovisión celta.

Baja alguien por el sendero. Me cruzo con Bardo junto a la Poza de Cureñas. Viene armado; en sus manos trae una poderosa vara de avellano, que aunque él, cargado de sentido pragmático, utiliza exclusivamente con su ganado, semeja a aquellas que los antiguos sacerdotes usaron para la magia blanca. Los druidas eran la esencia personificada de la cultura celta; eran entre otras cosas, médicos, juglares, jueces, profesores, astrónomos, filósofos y magos, nada de lo que les rodeaba les resultaba insignificante. Como el amigo Bardo, que sigue su camino hacia el pueblo, aquel sacerdote celta comparte su interés por encontrar las respuestas y el desarrollo personal en la sabiduría y enseñanzas que la naturaleza misma, como un ente vivo y radiante, nos concede. Y al parecer, también comparten la curación de la mordedura de víbora, que según una formula de vaqueros asturianos (que no de druidas) funciona mediante la aplicación de la madera del avellano que portan.

Cuando estoy a punto de llegar a los puertos de Sejos, una zona de pastos a más de 1000 m. de altura, que reúne cada verano cientos de cabezas de ganado siguiendo un tradición milenaria, recuerdo el carácter eminentemente ganadero y guerrero de los pueblos celtas. No es extraño que sea justamente en este espacio donde se conserven los restos megalíticos más importantes de la comarca, con sus grabados que dicen ser armas y carros, y que, dicen también, pudieron formar parte en su día de un magnífico cromletch, un gran templo.

A la bajada me detengo en la confluencia tumultuosa de dos arroyos, en lo que se conoce como Tramborríos. Me siento bajo un espino albar del que están brotando sus primeras yemas blancas. Rebusco mi libreta de apuntes en la mochila y confirmo que para la mitología celta este árbol fue la morada por excelencia de las hadas. Miro a mi alrededor, porque entre el ensordecedor ruido de las aguas cayendo en una decena de cascadas intuyo voces; pienso que es posible que alguien baje por el sendero, o que quizás, sólo sean las curiosas anjanas en distendida conversación acerca de un intruso paseante.

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